19.7.15

Oportunamente inoportuno.
Generalmente los días comienzan con una puesta y culminan en la borrachera de la noche. Pero esta vez fue uno de esos momentos en que la vida te da una segunda oportunidad.
Se gestó con las migajas, como una película, donde termina empezando y desenlaza comenzando.
A decir verdad no me desperté. Lo hicieron por mí.
Y, para una mayor sorpresa, lo hizo una flor. No era una flor cualquiera.
Esta era diferente a todas las antes vistas. Había cambiado su timidez por una dulce voz, y la inmadurez de la savia, por una tez blanca y tallo castaño.
Me hablaba en zumbidos, - o tal vez era porque todavía me seguía despertando -. Me decía, con júbilo, que me levante y desayunemos en el fondo , en la mesa de madera, bajo el parral. Que a esa hora, los rayos del sol juegan a hacer reformas de sombras deformas.
Mientras traía todo a la mesa me contaba el itinerario por cumplir. Me hablaba casi sin respirar entre punto seguido. Decía que después de tomar el café vayamos a andar en bici. Era tan vehemente en su locución que al morder la tostada sentí el sabor del pasto y el olor a mediodía.
Pero lo extraño es que, a pesar de los años de no haberla visto, la confianza era como si no lo fuera. Como supo dónde vivía? Por que estaba viviendo, yo, ahí? Y por qué la prisa al hablar?. Por la misma razón de esta epístola sin destinatario previo.
Entonces fue la lucidez previa al conocimiento.
Ese desayuno no era para mí, ni las bicis ni esa flor me correspondía.
Ella era como el aire, de todos y de nadie a la vez. Y yo, ya estaba comprometido con mi soltería.
Y así fue que me di cuenta que no era un sueño, no era un deseo, ni una predicción. Sólo era ese momento, el momento en que la vida te da una segunda oportunidad.